Entre marzo y mayo, colinas doradas se cubren de amapolas, lupinos y owl’s clover que atraen abejas incansables. Las sendas son calurosas y de bajo desnivel; madrugar ayuda. Camina por trazas existentes, evita barrancos frágiles y disfruta del perfume que anuncia el deshielo río arriba.
En junio y julio, los prados altos lucen pintura india, penstemons, margaritas alpinas y primaveras que beben de arroyos recién liberados. Los mosquitos recuerdan llevar manga larga, y nubes crecientes invitan a vigilar truenos vespertinos. Cada curva revela combinaciones imposibles sobre granito brillante.
A finales de verano y principios de otoño, asters, vara de oro y gencianas resisten los últimos calores mientras las noches se vuelven nítidas. El hielo matinal puede sorprender. Los colores de hojas de álamos temblones acompañan pasos tranquilos en sendas menos concurridas.